Visión Latinoamericana: La Gran Tragedia Griega. Por Gonzalo Biggs

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EDITORIAL Mercurio

En la Página Editorial del diario El Mercurio, de Chile, del día Domingo 12 de Febrero de 2012, Gonzalo Biggs escribió este artículo que resulta casi profético.

 
La Gran Tragedia griega

Señor Director:
La recomendación de Polonius a Hamlet “neither a borrower nor a lender be” reflejaba una verdad ancestral que por desgracia ha sido culpablemente ignorada por los acreedores y negociadores de la deuda griega. El lenguaje de Shakespeare alertaba a deudores y acreedores de los riesgos y responsabilidades de una operación de préstamo. Su implicancia era que esas responsabilidades debían ser compartidas y que quienes otorgaban préstamos que excedieran la capacidad de pago del deudor o cuyo destino no fuera lícito, debían asumir los costos de su imprudencia.

Es penoso comprobar que las anteriores verdades han sido ignoradas y que, frente a una crisis local como la de Grecia, la falta de decisiones oportunas y efectivas por parte de los acreedores y sus gobiernos ha contribuido a la actual crisis del sistema económico y financiero internacional que, ulteriormente, podrá, también, afectar a Chile y al resto de América Latina.

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Anteriores experiencias en Europa y América Latina obligaban a actuar de manera diferente frente a la crisis griega y no concentrar sus costos exclusivamente en su población. Terminada la Primera Guerra Mundial, frente a la imposibilidad de los países aliados de pagar sus deudas con Estados Unidos, el Secretario del Tesoro de ese país, Andrew Mellon, declaró que ningún país podía ser obligado a pagar más allá de su capacidad de pago y que nadie podía hacer lo imposible. Se aceptó, entonces, que deudas inicialmente pagaderas a la vista con un 5% de interés se trasformaran en bonos a 62 años y un interés no superior al 3%. Un desenlace distinto y menos afortunado tuvieron las exigencias impuestas a Alemania de pagar reparaciones de guerra -que, igualmente, resultaron imposibles de cumplir- y que, junto con las siniestras consecuencias políticas que conocemos, contribuyeron a precipitar la Gran Depresión de los años treinta.

Son dos las experiencias latinoamericanas que tienen semejanza con la situación griega. La primera fue consecuencia de la Gran Depresión. La segunda fue provocada, con anterioridad a 1982, por el sobreendeudamiento público con la banca privada.

A partir de 1931, la casi totalidad de los países de la región debieron suspender el servicio de su deuda pública. La contracción del crédito internacional, el aumento de las tasas de interés y la caída de los precios de las materias primas fueron sus causas principales. Dentro de una atmósfera de crisis mundial generalizada, los hechos demostraron la imposibilidad de exigir el cumplimiento estricto de las obligaciones. De esta manera, las negociaciones con los acreedores incluyeron el reemplazo de la deuda morosa por bonos a más largo plazo y la suspensión parcial o total del pago de intereses, o, incluso, su pago en moneda local. Varios países, entre otros Chile, fueron criticados por recomprar sus propios bonos a los viles precios que éstos adquirieron en el mercado como consecuencia de su propia insolvencia. Esta crítica no fue compartida por Chile que, por el contrario, reconoció en su astuto ministro de Hacienda, Gustavo Ross, los beneficios que esta iniciativa tuvo para el país.

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En contraste con la negociación de la deuda griega, aquella de los 80 de los países latinoamericanos con la banca comercial acreedora -aunque tardía, costosa e imperfecta- concluyó reconociendo que no podía exigirse de los países y su población lo imposible. Las consecuencias políticas negativas de la crisis, reconocida finalmente por el gobierno de Estados Unidos y, entre otros, por Henry Kissinger, obligó a resolverla en beneficio de la seguridad del hemisferio. De manera implícita se reconoció que las responsabilidades y sus costos debían ser compartidas tanto por los bancos acreedores como por las partes deudoras.

Desde un principio se aceptó la reprogramación o reestructuración de la deuda, la extensión de los plazos de gracia y de amortización y, finalmente, la conversión de la deuda en los bonos Brady (el nombre del Secretario del Tesoro de Estados Unidos), que incluyeron una reducción del 30 al 50% del capital, e intereses reducidos por debajo de los valores del mercado.

Hasta donde sabemos, las anteriores experiencias y, muy especialmente la de los países de América Latina durante la década de los 80, no han sido reconocidas o aplicadas desde un principio por los acreedores de Grecia o por sus gobiernos. De ello resulta que la deuda griega -en vez de reducirse- pareciera haber crecido exponencialmente con cada negociación. Una situación absolutamente peor a la llamada “década pérdida” de América Latina, cuya deuda externa nunca excedió del 40% del producto interno bruto. Ello contrasta dramáticamente con la deuda pública de Grecia que hoy asciende al 160 % de su PIB.

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